Ollas comunitarias: el fuego que no se apaga después del terremoto

A un mes del terremoto que sacudió al país, las ollas comunitarias siguen encendidas en los departamentos afectados, alimentando a damnificados, rescatistas y voluntarios
Ollas comunitarias: el fuego que no se apaga después del terremoto
Foto: Alcaldía de Cali

Desde el lunes el 10 de agosto, tras el terremoto que sacudió al país, comedores populares, colectivos y ciudadanos de a pie se organizaron para preparar alimentos para los damnificados y rescatistas.

Lo que empezó como un gesto aislado se convirtió, en cuestión de horas, en una red de ollas comunitarias en todo los departamentos afectados que a un mes del sismo, cocinan desayuno, almuerzo y comida para quienes más lo necesitan: familias que perdieron su vivienda, rescatistas que buscan cuerpos y sobrevivientes bajo los escombros, e incluso los animales que también quedaron a la intemperie.

El origen de las ollas comunitarias, alimentar a quienes no tienen 

Las ollas comunitarias surgieron ante la falta de acceso a alimentos y agua potable en las zonas afectadas. En los primeros días después del terremoto, cuando las vías estaban obstruidas y el comercio local permanecía cerrado, conseguir algo caliente para comer se volvió una tarea colectiva. No hubo una orden ni un plan oficial: hubo vecinos que decidieron que nadie se iba a quedar sin comer mientras llegaba la ayuda.

Todo empezó de manera espontánea, casi al mismo tiempo en distintos barrios de todos los departamentos afectados: alguien prestó una olla, alguien más trajo leña, otro apareció con lo que tenía guardado en la despensa. No hizo falta una convocatoria formal ni una organización previa; bastó con que una persona encendiera el fogón para que otras se sumaran.

No hay bodegas ni proveedores fijos. La comida se consigue como se puede: con donaciones, en mercados locales y a través de redes vecinales que se activan de boca en boca, sorteando vías afectadas y comercios cerrados. Es una logística improvisada, sostenida más por la confianza entre vecinos que por cualquier protocolo.

Así, lo que comenzó como un gesto aislado se multiplicó rápidamente hasta convertirse en una red de cocinas comunitarias repartidas, cada una sostenida por la misma lógica: cocinar con lo que hay, repartir entre quienes más lo necesitan y no dejar a nadie por fuera.


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¿Quiénes las sostienen?

Detrás de cada olla hay una cadena de manos anónimas: vecinos, líderes comunitarios y voluntarios que aportan ingredientes, tiempo y trabajo, sin coordinación oficial y muchas veces sin reconocimiento. La gente pone dinero de su propio bolsillo, y a eso se suman las donaciones, para comprar los alimentos e insumos que después se convierten en platos calientes.

María Carolina Gonzalez, comunicadora social, retrata al medio periodístico Mutante las realidades de la autogestión en las ollas comunitarias en el Pacifico Colombiano:

En los barrios de Quibdó, Chocó, el día empieza con una mujer soplando el fuego mientras el mundo todavía no abre los ojos. Sin romantizar la escena: esto es trabajo invisible y no remunerado. 

Alguien consiguió el plátano y el arroz, alguien lo cargó, alguien corta las hojas de plátano que guardan los secretos de la comida chocoana, alguien calcula en qué orden se reparte —primero la niñez, después las personas mayores, después la señora que quedó sin casa y no ha querido decirlo.

En Cali, la respuesta ciudadana tomó forma de megacocinas solidarias. El colectivo Artefacto Social Olla Rodante activó, en la mañana del martes 11 de agosto, un punto de cocina en la Carrera 9 # 4-25, en el sector de San Antonio

 
En el comedor comunitario de Puerto Resistencia también se habilitó una cocina para atender a las familias golpeadas por el sismo. Y en sectores como Salomia, Llano Verde, Capri, La Luna, El Refugio y en los alrededores del Hospital Carlos Holmes Trujillo, más ollas comunitarias se sumaron a la tarea.

En el Parque Caldas, las jornadas arrancaban a las 6:00 de la mañana. Mientras la ciudad todavía despertaba, un grupo de voluntarios se reunía alrededor de las ollas para preparar el desayuno que era repartido a las 8:00. Entre quienes cocinan hay personas que perdieron sus viviendas por el terremoto, desempleados y vendedores ambulantes que tuvieron que cerrar sus negocios: los mismos afectados se convirtieron en quienes sostienen a los demás.


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Más que comida: el punto donde se sostiene el tejido social

Las ollas comunitarias no son solo un lugar para comer, son un punto de encuentro emocional. Alrededor del fuego y de la olla, la gente se apoya, comparte información, se pregunta por los que faltan, se organiza para lo que sigue

Es una forma de autogestión: con lo poco, deciden entre todos cómo alcanza para todas, sin formalismo ni presupuesto. La solidaridad y la empatía entre vecinos sostiene lo que queda en pie.

Entre escombros y solidaridad: uno de los testimonios de quienes sostienen a Pereira tras el terremoto

Mientras Pereira avanza en su reconstrucción tras el terremoto, voluntarios y vecinos mantienen vivas las ollas comunitarias en la ciudad. Este es uno de esos testimonios: el de Luis Gelver.

Mi nombre es Luis Gelver, soy de la ciudad de Pereira y llevo más de doce días como voluntario en el albergue del parque Olaya Herrera de Pereira, acompañando las ollas comunitarias junto a otros compañeros líderes que apoyan este tipo de causas. 

Estas ollas comunitarias se sostienen gracias a colectivos de personas conscientes, empáticas, con mucho carisma, humanismo y voluntad. Entre los voluntarios hay profesionales, independientes, jóvenes y vendedores informales, quienes se prestaron para apoyar esta labor

Foto: Dalbert Leandro, voluntario de Pereira.

Sobre cómo se fue gestando esta labor conjunta, Luis recuerda que todo comenzó primero con los albergues y después con las ollas comunitarias, y continúa relatando el origen y la evolución de este espacio

No se puede decir que fue la olla comunitaria o el albergue, tal cual, lo que nos unió en un principio, porque primero llegaron los albergues y después las ollas comunitarias. 

O al menos así fue en mi caso, y en el de algunos de los compañeros voluntarios que asistimos durante los 13 días que estuvo instalado el albergue —en este caso, el del parque Olaya Herrera de Pereira—. Desde el día cero se empezó a brindar asistencia alimentaria, pues inicialmente se creó como una cocina comunitaria, una olla comunitaria. De hecho, había dos cocinas comunitarias en el parque.
 

A medida que crecía la necesidad, también lo hacía la respuesta institucional. Luis relata cómo la alcaldía dispuso infraestructura para atender a la población, aunque pronto esta se vio superada por la cantidad de personas que llegaban al lugar

La Alcaldía de Pereira instaló en una parte del parque unas carpas para operar, prestar asistencia, hacer censos y dar alojamiento, con baños portátiles y camas improvisadas, pero el aforo era de solo 120 personas, así que una vez se llenaba el cupo había que enviar a las demás personas a otros lugares.

Sin embargo, muchos preferían quedarse en el parque, sentados sobre el césped, y así fue como este espacio se fue poblando y transformando poco a poco en una verdadera aldea, donde llegamos a reunirnos más de 3000 personas en su punto más alto, hacia el viernes y el sábado, hasta que sobrevinieron casi tres días seguidos de lluvia que también se convirtieron en una locura.


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