Totó la Momposina: la mujer que nació siendo música

Colombia lamenta la muerte de Totó la Momposina, esta fue la vida de una mujer tejida toda entre tamboras, gaitas y el murmullo del río Magdalena.
Totó la Momposina: la mujer que nació siendo música

Hay personas que no eligen su destino: lo traen desde su nacimiento. Sonia Bazanta Vides nació en Talaigua Nuevo, en el corazón de la isla de Mompox, mecida por las aguas del río Magdalena y rodeada de música desde el primer día. Su padre golpeaba la percusión; su madre cantaba y bailaba. El ritmo no era algo que se aprendía en esa casa: era el aire que se respiraba.

Cuentan que el nombre con el que el mundo la conocería llegó de su propia boca de niña, cuando golpeaba la tambora y el sonido que salía era, simplemente, Totó. Así quedó. Así quedó para siempre.

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Desde pequeña, Totó la Momposina desarrolló una curiosidad que iba más allá del talento: era la de quien siente que una tradición puede perderse y decide, casi en soledad, salir a rescatarla. Recorrió pueblos de la costa atlántica a la búsqueda de canciones olvidadas, instrumentos sin nombre en los libros, ritmos que vivían solo en la memoria de los más viejos. Era, sin saberlo todavía, una antropóloga del alma popular colombiana.

Con apenas veinte años, en 1968, fundó su propia agrupación musical. No era un gesto de ambición: era una necesidad. Alguien tenía que sostener todo aquello que ella había encontrado en sus recorridos.

La voz viajó antes que ella. Para la década de 1970, el rumor de su potencia vocal y su fuerza cultural ya había cruzado el Atlántico, y Totó llevó la cumbia, el bullerengue, el porro y el mapalé a escenarios europeos que la recibieron con una hambre que ella misma no esperaba. El mundo, al parecer, llevaba tiempo sin saber que necesitaba ese sonido.

El momento que selló su lugar en la historia llegó en 1982. Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, y entre todos los artistas posibles del planeta, pidió que fuera ella quien cantara en la ceremonia. El Nobel de la literatura universal quería, para su celebración más grande, la voz que mejor encarnaba lo que sus páginas intentaban decir. García Márquez lo explicó con sencillez: solo ella podía cantar lo que reflejaban sus historias.

Pero Totó nunca se conformó con el instinto. Su rigor era también académico: estudió historia de la danza en la Sorbona de París y viajó a Cuba para analizar los ritmos caribeños en su raíz. Era empírica y estudiosa al mismo tiempo, una combinación poco común, la de quien conoce el barro y también los libros.

Su discografía es un mapa sentimental de Colombia: La candela viva, El pescador, Prende la vela son canciones que ya no pertenecen solo a quien las grabó, sino a todos. Colaboró con su hija y su nieta, la tradición pasando de mano en mano, de sangre en sangre, y también con figuras tan distintas como Calle 13, la chilena Mariana Montalvo y la brasileña Belô Velloso, demostrando que la raíz más profunda puede dialogar con cualquier rama.

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En 2011, el Ministerio de Cultura de Colombia le otorgó el Premio Nacional de Vida y Obra, reconociendo medio siglo de entrega a los sonidos y tradiciones del país. No era un premio al pasado: era un reconocimiento a alguien que, durante cincuenta años, había mantenido viva una llama que sin ella habría ardido mucho más bajo.

Totó la Momposina murió el 19 de mayo de 2026, a los 85 años. Pero lo que construyó, entre tambores, gaitas, tiples y coros, entre plazas de pueblo y escenarios del mundo, es de esas obras que no terminan cuando termina quien las hizo. La cumbia seguirá sonando. Y en ese sonido, ella seguirá presente.


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