El embuste: arma predilecta de la política exterior estadounidense. De México a Irán
Escrito por: Víctor Guerrero Apráez
La ‘guerra justa’ era aquella emprendida para resarcir un agravio previo, ordenada por el gobernante o soberano legítimo, último recurso ante la inexistencia de un expediente distinto, con ‘recta intención’ y cuando hubiera una razonable expectativa de mejorar el estado de las cosas.
Rutilantes estrellas del derecho internacional público como Francisco de Vitoria y Hugo Grocio construyeron este paradigma. Fue un logro decisivo que permitió superar el modelo de la guerra santa inspirada por Dios o cuyo apoyo era alegado por sus iniciadores: una sangrienta estela de cruzadas exterminadoras e interminables guerras civiles religiosas –que no eran otra cosa que cruzadas intestinas- condujeron a Europa al borde del abismo.
La modernidad y el arribo a la mayoría de edad por el género humano –Kant lo formuló así- se fraguó en la superación de la guerra fundada en razones religiosas.
La Carta de la ONU intentó actualizar esta tradición al exigir que la guerra fuera legal: ya cuando se ejerciera en legítima defensa frente a un ataque armado, o cuando la autorizara el Consejo de Seguridad; en los demás casos, se trata forzosamente de una guerra ilegal, es decir, de un crimen contra la paz tal como lo estableciera el Tribunal de Núremberg –instaurado con el decisivo impulso de los estadounidenses-, o de un crimen de agresión como lo estatuye la Corte Penal Internacional –a la que estos han amenazado incluso con bombardear-.
La obliteración de este paradigma humanista perseguida por hoy EE. UU. ha empezado con la guerra de Irán y plantea el interrogante quiénes serán los próximos agredidos. Pero su historia se remonta a casi dos siglos atrás.
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Las falsificaciones estadounidenses para justificar sus guerras imperiales en el siglo XIX
Las guerras emprendidas por Estados Unidos desde la invasión a México en 1848 hasta la guerra criminal del 28 de febrero de este año contra Irán son un catálogo atroz para ilustrar una pervertida tradición del embuste para la escenificación mendaz del agravio o motivo justificatorio, el célebre casus belli.
A diferencia de sus congéneres europeos que daban ultimátum por el quebrantamiento de un tratado antes de emprender el accionar bélico, la ascendente potencia al otro lado del Atlántico imbuida por la fe en su ‘destino manifiesto’ arrojó a la basura la tradición continental.
Habiendo adquirido por precios irrisorios las extensiones de Luisiana, Florida y Alaska, los apetitos imperiales sobre los territorios al sur no vacilaron en fabricar el pretexto para justificar una guerra de invasión.
México se negó a reconocer la anexión de Texas que había proclamado su independencia, lo que fue considerado como una acción hostil.
El presidente James Polk envió un destacamento hacia el Río Grande para provocar las tropas del país vecino, hecho que derivó en un incidente fronterizo con una docena de gringos muertos –el incidente de Rancho Carricito-.
Este fue el agravio confeccionado que justificó su invasión para repeler el ‘ataque’ mexicano: el resultado fue la ocupación de ciudad de Méjico por dos años, cerca de cincuenta mil muertos y el despojo de dos millones de kilómetros cuadrados.
La infructuosa guerra de liberación colonial por los cubanos contra España en 1898 se convirtió súbitamente en la guerra Hispano Estadounidense. El acorazado USS Maine fondeado en el puerto
La Habana se hundió por un estallido la noche del 15 de febrero con un saldo de 266 marineros muertos.
La prensa estadounidense culpó al gobierno español y EEUU intervino militarmente un mes después al grito de al infierno con España –indagaciones posteriores probaron que se trató de un accidente-.
El presidente McKinley de reconocidos apetitos imperiales –el único reverenciado por Trump junto a Andrew Jackson por las guerras de aniquilación de este contra los indios- extendió la guerra para apoderarse de Filipinas, Puerto Rico y una docena de islas.
Los filipinos opusieron una resistencia heroica y las tropas estadounidenses respondieron con tácticas de tierra arrasada, hambrunas, quema de aldeas, violaciones y campos de concentración –replicando esta invención europea puesta a punto algunos años atrás por los ingleses en Sudáfrica y por los españoles en Cuba para someter las revueltas anticoloniales-.
Se exterminó a medio millón de filipinos. Técnicas de tortura como el waterboarding o ahogamiento simulado o controlado, refinadas luego en Guantánamo y Abu Graib un siglo después, se inauguraron allí.
Tanto Cuba como Filipinas perdieron su autonomía luego de largos años de lucha contra España, quedando como colonias bajo la férrea tutela del nuevo imperio.
McKinley bautizó la operación con un eufemismo que añadió insulto al crimen: Asimilación Benévola.
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La mentira infame para ennoblecer un genocidio relámpago
Quizá el bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki constituya el grado mayúsculo del embuste en la elaboración de una tramoya internacional y doméstica para justificar un ‘genocidio relámpago’.
A mediados de 1945 Japón era un país militarmente postrado con numerosas ciudades destruidas por bombas incendiarias cuya rendición era cuestión de meses, luego de la capitulación de Alemania.
Roosevelt y Stalin convinieron en la conferencia de Yalta seis meses atrás que la ofensiva final contra Japón se haría de manera conjunta con destacamentos de ambos países culminando con ello las campañas llevadas a cabo en Birmania e Indochina.
Los millones de tropas soviéticas y los contingentes estadounidenses producirían la rendición del obstinado adversario. La inesperada muerte de Roosevelt cambió los planes de manera dramática.
Su lugar lo ocupó un político mediocre acomplejado por la estatura política de quien sucedía en el cargo como vicepresidente: Harry Truman
Consciente también de su inferioridad frente al líder soviético, contaba sin embargo con un as bajo la manga: el proyecto nuclear en Los Álamos donde estaba a punto de obtenerse la primera bomba atómica.
Truman estuvo más pendiente de las noticias de su país que de la propia conferencia.
Cuando fue informado del exitoso experimento trató de acojonar a Stalin y desechó todo compromiso.
Apremiado por sus consejeros civiles y con la oposición de los altos mandos militares, la decisión de bombardear dos ciudades sin relevancia militar pero densamente pobladas, escogidas como en un juego de bingo, tenía una doble finalidad: conminar a Japón a aceptar una rendición incondicional y advertir a la Unión Soviética de su inferioridad bélica.
La mentira delirante fue esta vez que así se evitaría la muerte de dos millones de compatriotas, ya que no se requería de una colosal operación terrestre contra kamikazes dementes reacios a rendirse.
La gran mentira de los dos millones de vidas salvadas por las dos bombas atómicas se perpetúa sin tregua en la cinematografía y en los currículos escolares del estado de Missouri de donde era oriundo Truman.
Apuntala también una desvergonzada manipulación de cifras ficticiamente infladas para autojustificarse o desprestigiar al adversario, que se reitera hoy en las pantallas televisivas: Trump vocifera que cada embarcación ‘narcoterrorista’ hundida en el Caribe salva la vida de 25000 compatriotas suyos.
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El agresor se traviste de agredido para guerras de millones de muertos
Para iniciar la guerra de Vietnam EEUU apeló a otro embuste: el llamado incidente del golfo de Tonkín en 1964, en el que un submarino de EEUU detectó en su sonar torpedos contra el destructor USS Maine, reportado como el inicio de un ataque en gran escala.
La prensa, el público y el congreso se tragaron esta añagaza y una guerra de casi veinte años con cuatro millones de vietnamitas muertos y 70 mil estadounidenses fue el costo humano.
Johnson lo utilizó para hacer pública una guerra que hasta entonces se había adelantado en secreto.
Lo escuchado en el radar era una interferencia y no un ataque, pero el mito del agresor travestido de víctima ya había desencadenado sus funestas consecuencias.
Pese a que De Gaulle le advirtiera los riesgos de involucrarse en Indochina –había aprendido algo de la aplastante derrota francesa una década atrás en esos mismo arrozales- Kennedy desoyó la advertencia.
El país se embarcó en una guerra de brutalidad desmedida –campos de muerte, bombas incendiarias y Napalm- que terminó en su ignominioso retiro de Saigón en 1975.
Están quizá más frescas en la memoria las agresiones imperiales de EEUU tras la finalización de la Guerra Fría.
Pero no menos lastradas de todas las distorsiones massmediáticas. Las invasiones de Iraq y Libia entre 2003 y 2011 fueron precedidas de embustes perversos, de mendacidades que hoy juzgamos imposibles de creer pero que en su momento los gobiernos y el complejo militar industrial promovieron frenéticamente.
Las armas de destrucción masiva atribuidas a Saddam Hussein no existían y si hubiera habido no eran otras que las suministradas por los propios EE. UU. a Iraq cuando financiara una guerra criminal contra Irán de casi diez años y un millón de muertos.
Cuando el secretario de defensa Colin Powell presentó las supuestas evidencias en la ONU, inadvertidamente en el salón de la conferencia colgaba como telón de fondo el Guernica de Picasso –la gran denuncia artística del bombardeo nazi contra población inerme durante la guerra civil española-, que debió ser retirado ante la impúdica mendacidad del sainete que se pretendía escenificar.
Uribe respaldó moralmente el crimen de agresión que se autonombró Justicia infinita. Una década después la intervención militar de la OTAN bajo el comando de EE. UU. en Libia estuvo precedida de los rumores esparcidos sobre las tropas de Gadafi cargando libras de viagra en sus morrales: pulverizar el país evitaba la supuesta violación de millares de mujeres.
Libia pasó de ser el país africano de mayor nivel de vida a ser una sociedad devorada por la guerra civil. Su destrucción tomó escasos siete meses.
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Una guerra aberrante operada con IA
Irán suscribió el tratado de No Proliferación Nuclear (TNPN) en 1970 para cooperar con la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) en el desarrollo de sus programas auspiciados desde el propio gobierno de Eisenhower.
El ascenso al poder de los Ayatolas en la revolución de 1979 no alteró su condición de estado parte.
Desde el primer gobierno de Netanyahu, Israel inició una campaña sistemática de denuncias contra Irán como un estado que clandestinamente estaría construyendo un arma atómica.
Acusaciones que describen fielmente la propia construcción secreta por Israel de una bomba nuclear desde los años 70 sin haber nunca adherido al tratado.
En 2005 el ayatola Khamenei expidió la fatwa o mandato religioso proclamando la incompatibilidad de la bomba atómica con la ley coránica.
En 2015 suscribió el llamado Plan General de Acción Conjunta mediante el cual se comprometió a un riguroso examen y monitoreo de sus reactores por la AIEA ciñéndose al desarrollo de energía atómica civil.
Fue un auspicioso momento de la diplomacia mundial impulsado por EEUU, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña al lado de la Unión Europea –el llamado G5 + 1-.
Irán vio aliviadas las sanciones impuestas y logró el descongelamiento parcial de sus fondos.
Campañas de desprestigio contra el acuerdo no tardaron en emerger desde Israel y el propio Trump en carrera hacia su primera elección presidencial.
La compañía de inteligencia y espionaje israelí Black Cube contratada por asesores suyos se dedicó a difamar a los responsables del acuerdo.
Durante su primera administración el presigángster ordenó con uno de sus fulminantes decretos ejecutivos el abandono por EEUU del Plan.
Escupía a Obama, satisfacía a Netanyahu y reiniciaba la demonización del gobierno iraní.
Preámbulo del posterior retiro de 66 instituciones internacionales consumado en su segundo período.
Entretanto el asesinato de científicos iraníes fue en aumento, los ataques cibernéticos contra las instalaciones se incrementaron y las relaciones con la AIEA se complicaron.
Las visitas de inspectores y el monitoreo continuaron pese a todo así como el aumento de las presiones sobre la agencia.
El 12 de junio del año pasado la AIEA hizo público un informe ambiguo e inconcluso sobre el estado de cumplimiento de sus compromisos y el enriquecimiento de uranio.
Señaló infracciones técnicas, imposibilidad de acceso a la totalidad de instalaciones y niveles de enriquecimiento y centrifugación superiores a los autorizados.
Indicaba que el período de espera –lapso necesario para pasar a la construcción de armas nucleares- se había reducido sin concluir nada sobre su existencia.
Irán había denunciado dos años atrás que la compra por la AIEA del sofisticado programa Mossaic a la compañía de inteligencia estadounidense Palantir no garantizaba imparcialidad: el software contendría datos obtenidos ilegalmente por el Mossad.
El informe producido por inteligencia artificial y un sofisticado sistema algorítmico fue un verdadero lavado de datos perjudicial para Irán.
Constituyó el pretexto perfecto para que Israel iniciara el bombardeo 48 horas después completado por Estados Unidos en la llamada Guerra de los 12 días.
Las conversaciones en curso fueron un pretexto para encubrir la agresión armada.
El presigángster proclamó exultante que la agresión Martillo de Medianoche había obliterado la capacidad nuclear iraní.
Los países del Plan General de Acción Conjunta aplicaron en septiembre del año pasado las sanciones económicas previstas por considerar que Irán había incumplido sus obligaciones.
Esto contribuyó a una devaluación drástica de la moneda y al estallido de protestas ciudadanas reprimidas con extrema dureza.
Netanyahu husmeaba la oportunidad de plasmar su delirio por un Irán sin Ayatolas, complemento de su obsesión por una Gaza sin palestinos y sin estado.
Su visita decembrina a Mar A Lago –la sexta en menos de un año- no presagiaba nada bueno.
Sin embargo se iniciaron negociaciones entre los dos países en Ginebra con la mediación del ministro de asuntos extranjeros de Omán.
Irán ofreció la suspensión de su programa nuclear por cinco años y la dilución del uranio enriquecido al 60% tras la tercera ronda de conversaciones el jueves 26 de febrero; se convino en reanudarlas la semana siguiente en Viena.
Todos los observadores cercanos coinciden en señalar que un acuerdo era posible gracias a la inusitada apertura de los iraníes.
EEUU respondió dos días después con un ataque descomunal -170 niñas quemadas por un misil tomahawk- y el asesinato del supremo líder iraní.
Por primera vez en la historia dos potencias atómicas se aliaron para agredir a un tercero, combinando la mayor capacidad militar y la mayor experiencia en ‘asesinatos selectivos’.
Colapso de la diplomacia mundial, pulverización de la Carta de Naciones Unidas, quiebre del derecho internacional humanitario, inexistencia de cualquier amenaza: 440 kilos de uranio enriquecido.
Esta vez no hubo la menor preocupación por otorgarle alguna verosimilitud al casus belli: obscena exhibición de la fuerza pura.
Mentiras flagrantes, versiones contradictorias: grado cero de argumentación, demonización maniquea, amenazas testosterónicas, invocaciones bíblicas, en suma, matar por diversión.
Ese es el nuevo orden internacional: la arbitrariedad pura del déspota con su enano escatológico a modo de virus en el cerebelo.
La práctica bicentenaria del embuste fue el largo y sangriento preámbulo para imponer una vez más la destrucción, pero esta vez exenta de discurso.
Muerte algorítmica desde la cloaca irracional del presigángster. Tal vez la heroica resistencia iraní sea el único obstáculo contra la toma por el autoritarismo fascistoide en expansión.
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