El Escudo de las Américas o la guerra contra la izquierda latinoamericana

Para Víctor Guerrero Apráez, el Escudo de las Américas responde a una estrategia de presión política, militar y electoral promovida desde Washington. Advierte que sus efectos podrían alcanzar a Colombia, Brasil y al sistema regional.
El Escudo de las Américas o la guerra contra la izquierda.
Foto: El eje democrático y social de Sheinbaum, Lula y Petro es una cuña geopolítica y moral que se atraviesa contra el propósito de dominación y control impulsado desde Mar A Lago. / RTVC Noticias.

Por: Víctor Guerrero Apráez

En el marco del desmantelamiento vertiginoso del orden internacional la creación de una liga de estados latinoamericanos sometidos a Washington para luchar contra los carteles de la droga es su extensión al ámbito hemisférico. La ceremonia del 7 de marzo en Doral Florida con asistencia de 17 jefes de Estado es el disparo de una cuádruple guerra intracontinental: comercial, jurídica, electoral y bélica. Es el réquiem del sistema jurídico interamericano: la OEA y sus órganos judiciales y extrajudiciales —antaño importantes bastiones contra arbitrariedades estatales— no son hoy más que silenciosos testigos de agresiones armadas, secuestro de un jefe de estado y asedio inclemente contra el pueblo cubano.

La deliberada exclusión de Brasil, México y Colombia de la Coalición contra los Carteles de las Américas revela su obvio propósito político: aislar a los gobiernos que luchan contra la pobreza de sus poblaciones capaces de desafiar el dogma trumpista. Los admitidos a la sombra protectora del Escudo son los gobiernos más obsecuentes, los oportunistas lacayos y autoritarios neoliberales: el presidente argentino financiado con 20 billones de dólares para las elecciones federales que acaba de declarar la guerra a Irán; Bukele, elogiado por abrir sus mazmorras a los deportados por el despiadado servicio de inmigración en EEUU; Kast, el pinochetista, que asistió al club de la Florida sin siquiera haberse posesionado luego de criticar a Boric por el envío de ayuda humanitaria a Cuba, quien construye en la frontera norte de su país el Muro Protector de cinco metros de altura y como si no fuera bastante, torpedea el proyectado cable submarino entre Valparaíso y Hong Kong; Noboa, el presidente ecuatoriano con nacionalidad estadounidense que mantiene los acuerdos de cooperación militar y libre comercio más antipatriotas del continente gobernando bajo estado de sitio indefinido; el atemorizado Mulino, deseoso de congraciarse con su anfitrión llevando como regalo la anulación del contrato con la empresa china encargada del canal de Panamá que ordenara la Corte Suprema; Furusa, elegido meses atrás merced a la descarada intervención trumpista en las recientes elecciones hondureñas.

El Escudo Protector se funda en la tenebrosa pero seductora idea de combatir militarmente al narcotráfico bajo la denominación de narcoterrorismo. La conversión del raspachín, el jíbaro y los transportadores en objetivos bélicos que deben ser combatidos por las fuerzas militares del Comando Sur en asocio de sus serviles ejércitos locales sólo asegura la criminalización de poblaciones, el aumento de violaciones a los derechos humanos, una gobernanza basada en el miedo y la erosión de las soberanías nacionales; implica de suyo la impunidad de los zares y grandes empresarios de la droga instalados cómodamente, muchos de ellos, en la propia Florida.  Con ello se desdibuja aún más la distinción entre combatiente y civil que fuera la médula del derecho internacional humanitario: si hay duda se presume que es objetivo militar el nuevo dogma como licencia imperial para asesinar civiles. Se asegura de antemano el fracaso de una estrategia que ha mostrado hasta la saciedad su capacidad retorcida de perpetuar aquello que dice combatir.

Ya en octubre del año pasado Trump declaró que su país se encontraba en ‘conflicto armado no internacional’ contra el narcotráfico asimilándolo a Al Qaeda y el Estado Islámico: bombardeos y asaltos son parte del repertorio bélico a utilizar, cuyos primeros fuegos se experimentan en diversas latitudes del continente. Limitados hasta ahora al Caribe la presencia de Chile y Ecuador abre las compuertas para su extensión al otro océano.

El segundo cometido de frenar la influencia china en el hemisferio expone sin tapujos su índole imperialista y el adversario frente al cual se endereza a largo plazo la estrategia ya esbozada en el Plan de Seguridad Nacional. 

La guerra arancelaria se agudiza con la imposición de tarifas por EEUU y los países coaligados contra aquellos que sean considerados poco colaborativos. Las amenazas de aranceles contra los países que se atrevan a exportar petróleo a Cuba han sido eficaces para extremar la privación de energía de la isla. Los aranceles impuestos por Ecuador a Colombia del 30% y el 50% a comienzos del año son la imitación quien blande el Escudo: el capitán América con su gorra roja de MAGA.   

El lawfare o guerra jurídica se materializa en la injerencia política frente a las instituciones nacionales de justicia puesta en práctica durante la segunda presidencia de Trump: intentos por lograr la absolución de Bolsonaro; respaldo a Uribe cuando fuera procesado por la justicia colombiana; indulto al expresidente hondureño Hernández, condenado a 45 años de prisión justamente por delitos de narcotráfico y haber introducido la módica cantidad de 400 toneladas de cocaína gracias a una empresa criminal conjunta que convirtió a su país en un verdadero narcoestado, como lo sostuvieran los fiscales en su escrito de imputación; secuestro y prisión de Maduro agresión militar mediante. Y hace dos días la anunciada investigación por fiscales estadounidenses contra el presidente Petro por supuestos vínculos con el narcotráfico.  

El otro frente no es menos tenebroso: la guerra electoral se concentra este año en dos comicios cruciales para el destino de América Latina y el mundo. La elección presidencial en Colombia cuya primera vuelta está prevista para el 31 de mayo, la de Brasil en octubre y la designación del secretario general de Naciones Unidas que habrá de llevarse a cabo antes de concluir el año.

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La popularidad del actual mandatario colombiano a pocos meses de concluir su periodo es comparativamente una de las más altas respecto de sus predecesores. El primer presidente de izquierda en la historia del país ha enfrentado una oposición implacable de la institucionalidad judicial que ha tratado de impedir la vigencia de sus reformas sociales, y una verdadera campaña de calculada y aviesa desinformación de los grandes medios de comunicación. La consolidación como la fuerza política mayoritaria del Pacto Histórico en las recientes elecciones y las predicciones de un triunfo electoral para su candidato, Iván Cepeda, chocan de frente contra el siniestro proyecto encarnado en el Escudo de las Américas.

El eje democrático y social de Sheinbaum, Lula y Petro es una cuña geopolítica y moral que se atraviesa contra el propósito de dominación y control impulsado desde Mar A Lago –la nueva sede del poder estadounidense junto a Tel Aviv-. La oportunidad de socavar su existencia está a la vuelta de dos meses: impedir la continuación del proyecto social de la izquierda en Colombia es en realidad el primer objetivo, inconfesable, de esta Coalición contra las Izquierda de las Américas.

La hechura de la hija de Uribe como opositora electoral con su propuesta de la ‘seguridad total’ es la solicitud de admisión implícita de nuestra derecha criolla a esta liga presidida por el emperador de los carteles contra el progresismo: vigilantismo, autoritarismo, patronalismo, neoliberalismo.  Como negacionista visceral del genocidio en Gaza la paloma criolla tiene media visa asegurada. Hasta la conclusión del metro de Bogotá en manos de una compañía china podría verse afectada. 

El segundo blanco electoral es buscar la derrota del actual presidente Lula quien se postula para su reelección, tras una exitosa política social que logró sacar de la pobreza a nueve millones de brasileros. El rival que la derecha opone es el senador Flavio Bolsonaro, hijo del ahora presidiario expresidente condenado por un fallido golpe de estado al finalizar su periodo. Desde el apretado triunfo de Lula en las elecciones de 2022 de apenas un 1.8% frente a Bolsonaro padre –las más cerradas en la historia postdictatorial del país- las tendencias en las encuestas del momento apuntan a diferencias en favor del presidente bastante reducidas, e incluso un empate técnico.

La brutal operación policial en Rio de Janeiro el 30 de octubre contra el comando Vermelho dejó un saldo de más de 100 muertos; ordenada por el Gobernador Castro aliado del bolsonarismo, el modo de ejecución y la exhibición de fuerza por un comando de policía militar de 25000 efectivos se hicieron eco del lenguaje y procedimientos trumpistas. La seguridad total mediante asaltos urbanos estilo Operación Orión serán la gramática de la nueva coalición.    

El tercer blanco de la guerra electoral es el cargo del secretario general ONU. Por rotación continental este año la elección recae en América Latina. EEUU en asocio de Milei apoyan al oscuro Rafael Grossi, judío argentino, director saliente de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Sus credenciales: un informe ambiguo e inconcluso sobre el estado del programa atómico iraní, obtenido mediante un software producido por la firma de Inteligencia Artificial  Palantir compartida con Israel desde 2023, que sirvió como pretexto para iniciar la guerra de los 12 días; abstenerse de censurar los bombardeos a los reactores nucleares iraníes; servir como asesor de los delegados de Trump a las negociaciones sin exponer la inexistencia de una ‘amenaza inminente’ como era su deber profesional y moral, aprobando implícitamente la agresión criminal conjunta de los dos estados genocidas.

Kast negó su respaldo a la candidata Bachelet propuesta por Chile, dejando sin rival la candidatura estadounidense; para completar el hundimiento de esta nombró como asesor estrella de la cancillería a un argentino sionista. La secretaría general de la ONU en manos de alguien como Grossi es la recompensa a sus perversos servicios y la condena de la institución a su irrelevancia en manos del presigángster cooptada por el sionismo. 

Por último, la guerra bélica. Su preestreno fue la campaña de bombardeos en el Caribe desencadenada desde septiembre del año pasado como parte de la llamada Lanza Sur liderada por el comando estadounidense. Pocas horas atrás se ejecutó el 46° bombardeo cuya sumatoria de asesinatos ha cobrado la vida de más de 150 personas en un frenético ritmo de una decena de ataques por mes.

En el aséptico lenguaje militar –el arte del eufemismo llevado a su extremo más obsceno- no se trata de asesinatos selectivos o ejecuciones extrajudiciales sino de ‘ataques cinéticos letales contra embarcaciones de bajo perfil operadas por organizaciones terroristas designadas’.  La presencia del presidente costarricense y de la primera ministra de Trinidad en la instalación del Escudo es el respaldo oficial y la absolución moral a esta campaña como quiera que la costa de ambos países ha sido escenario privilegiado de estos ‘bombardeos humanitarios’; según las cuentas delirantes del presigángster cada uno de ellos salvaría la vida de 25000 estadounidenses, de las madres, hijos y nietos, como lo dijera en su discurso la enviada especial,  Kristi Noem – quien como secretaria de seguridad nacional presidiera la ejecución de la brutal política implementada contra migrantes: más de cien mil deportados, un millón de permisos de residencia revocados, redadas nocturnas escalofriantes para cazar a los ilegales, uso excesivo de la fuerza policial y asesinatos de ciudadanos inermes. Dos días después del despido de su cargo la flamante o flamígera funcionaria asumió la dirección del Escudo. Perfecta degustación de lo que vendrá. 

El nombre mismo de ‘escudo’ no oculta su tenebrosa significación. De modo semejante han sido llamadas las operaciones bélicas de Israel contra Gaza que precedieron el actual genocidio: Guardián de las Murallas (2021: 120 civiles asesinados) o Margen  Protector (2014: más de 2000 civiles ultimados). 

El término para utilizar esta máquina de guerra contra la diferencia política y sumisión ideológica proviene de las tiras cómicas. Sólo había que mirar el ‘escudo’ de los Avengers, la serie audiovisual televisiva y cinematográfica producida por Marvel: este no es otra cosa sino el sistema homologado de inteligencia, espionaje, logística y defensa… contra el progresismo latinoamericano. Y el papel de capitán lo interpreta Donald Trump, el presigángster.


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