De sismos geopolíticos y deslices semánticos: el Consejo de Seguridad de EEUU, el objetivo civil y la rendición incondicional
Por: Víctor Guerrero Apráez
Columnista Invitado
Los recientes descoyuntamientos que experimenta el llamado orden internacional desde el inicio del genocidio israelí en Gaza y la entronización de un delincuente millonario en el solio del país más poderoso de la tierra se reflejan en minúsculas modificaciones del lenguaje. Estos deslices semánticos, estas torsiones lingüísticas escasamente perceptibles, son el registro dejado en el sismógrafo de la lengua por aquellos.
Tras al artero bombardeo estadounidense contra Irán el 28 de febrero y el inicio de una guerra aniquiladora por dos países dotados de millares de ojivas nucleares bajo el pretexto de pretender el agredido construir una, se convocó la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad en Nueva York 48 horas después.
El secretario general en su comunicado oficial condenó tanto los ataques como la retaliación de Irán. Amedrentado por las órdenes ejecutivas de Trump que han impuesto a sus funcionarios cancelación de visados y bloqueo de cuentas bancarias convirtiéndolos en parias internacionales, la cabeza visible de una institución que antaño albergara las esperanzas del mundo por la paz pero reducida a un ritmo vertiginoso a la irrelevancia en los últimos meses, el mofletudo señor Guterres no atinó siquiera a diferenciar entre agresor y agredido.
Temeroso, además, ante la bancarrota que amenaza la institución por las deudas de Estados Unidos –cobrando a sus espaldas un billón de dólares por cada membresía en el Consejo de Paz del que es propietario vitalicio para culminar el exterminio del pueblo gazatí a baja velocidad- olvidó el principio vertebral del orden que se intentó construir después de 1945: la distinción esencial entre víctima y victimario; el estado agredido al defenderse no hace otra cosa sino emplear el derecho inherente a su legítima protección; por tanto, es ilógico tanto como absurdo y no menos un yerro colosal, colocar en el mismo nivel a los agresores y al agredido.
Tal vez con este exabrupto jurídico, que le costaría la materia a un estudiante de tercer semestre de derecho, pueda salvar el disfrute de su jugosa pensión pero no impedir otro clavo en el catafalco de la institución bajo su égida.
En el curso del debate sostenido por los representantes de las potencias, los miembros no permanentes y de Irán e Israel, hizo uso de la palabra Mike Walz, el flamante delegado de Trump, para repetir hasta la náusea las falsedades propaladas sobre el régimen de los Ayatolas así denominado en los medios con evidente intencionalidad descalificatoria. Pero en una de sus frases el supremacista blanco se refirió al foro en el que estaba apostrofando a sus oyentes y al mundo con obscena superioridad visible en la pétrea arrogancia de su rostro, haciendo uso de la expresión “el Consejo de Seguridad de los Estados Unidos”.
Como era previsible, una expresión tan curiosa no mereció ninguna glosa o aclaración. Podía tratarse de una equivocación involuntaria o un desliz menor en el curso de una lectura fatigosa. Pero podía ser la elocución inconsciente del estado real de las cosas en el ámbito mundial: un cónclave universal hincado de rodillas ante al presi gánster.
Los acontecimientos de las siguientes 24 revelaron el calado real de la fórmula empleada. Ese mismo Consejo de Seguridad se reunió para debatir el espinoso tema de “Niños, tecnología y educación en conflictos”. Se discutieron con expertos y académicos las posibilidades ofrecidas por la tecnología digital y el uso de la inteligencia artificial. La presidencia de la sesión estuvo en manos de… la esposa del comandante en jefe de las tropas estadounidenses que el día anterior habían atacado una escuela en el sur de Irán asesinando al menos un centenar de niñas.
El éxito de la misión estuvo asegurado por el empleo de un método conocido como ‘doble toque’ con la repetición del ataque minutos después para asegurar que rescatistas, familiares y supervivientes reunidos para ayudar también sean ejecutados. Un doble crimen de guerra, pérfido, atroz, repugnante. Así como meses atrás la primera dama había intercedido por los menores víctimas en Ucrania –obliterando los 20000 niños asesinados en Gaza-, ahora fungía como sacerdotisa avizora del futuro de la infancia mundial. Obscenidad que los medios en todo el mundo celebraron como un evento único y sin precedentes. Habría que darles la razón.
En una agitada rueda de prensa tras las primeras 72 horas de la criminal agresión contra Irán el secretario de defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth –quien se autodenomina secretario de guerra- se vio interpelado por el curso de las acciones militares de su despacho en una rueda de prensa. Presentador televisivo de Fox News, cristiano fundamentalista, supremacista desvergonzado, rancio sionista, machista de pasarela, denunciado por su propia señora madre en carta abierta como ‘acosador y abusador de mujeres’, nunca había llegado a tan crucial cargo un personaje de tamaña incompetencia.
Se cuentan de fiestas donde el grito de rumba era ‘muerte a los árabes’ y del anuncio de devolver un título de la universidad de Harvard a causa de las cátedras de teoría crítica y decolonialismo impartidas en ella. Autor de un burdo panfleto titulado Una cruzada por América, donde sostuvo que EEUU debía emprender una guerra santa para defender la justa causa de la libertad, el vociferante y atildado Hegseth, -quien prestó servicio militar en Guantánamo, vacacionó en Afganistán e Ira y dejó cosecha de irregularidades en su cargo de director de una asociación de veteranos de guerra-, no vaciló en sostener que su país no estaba interesado en construir democracia ni en dar cumplimiento a las leyes de la guerra.
Tales cargas ideológicas no eran otra cosa sino un entorpecimiento al ejercicio de la infinita superioridad bélica de su país. Y se refirió a los ‘objetivos civiles’ como blanco de las incursiones estadounidenses. El término es la sepultura de la distinción que el derecho internacional humanitario lograra forjar en cuatro siglos para excluir a los inermes e indefensos de las hostilidades de la confrontación armada. Al fundir objetivo –lícitamente objeto de ataque- y el término civil, colapsa la diferenciación clave sobre la que intentaron construirse los estados modernos. Para el fundamentalismo cristiano sionista estos umbrales éticos y normativos no son más que cháchara humanitaria propia de las democracias débiles e irresolutas. Rechazarlos no es sinónimo de abyecta bancarrota moral sino gesto machista de superioridad.
Por último, a una semana de iniciada la agresión bélica, el presigángster trinó diciendo que el único trato aceptable con Irán era una ‘rendición incondicional’. Ominoso anuncio y predicción apocalíptica pero también señal inequívoca de sus complejos de inferioridad y su falsa superioridad testosterónica. En la lúgubre historia de las guerras la ´rendición incondicional’ fue ciertamente una invención estadounidense.
El líder en su empleo fue el presidente Truman. Durante la conferencia de Postdam a la que debió asistir por la muerte de Roosevelt, usó el arma atómica que estaba por ponerse a punto como oculta carta de la negociación con un Stalin que lo hizo sentirse como un enano. Desconoció el acuerdo anterior alcanzado seis meses atrás en Yalta por su predecesor de someter en acción conjunta de las fuerzas de los dos países a un Japón ya militarmente derrotado.
Deslizó una de las tantas mentiras –pero quizá la más mortíferamente criminal- de la política exterior de su país: detonar dos bombas atómicas consecutivas en sendas ciudades carentes de relevancia militar bajo el falso pretexto de salvar la vida de dos millones de sus compatriotas, que se ahorrarían el desembarco y ocupación del país. Japón se vio obligado a aceptar la rendición incondicional; con ello Truman creyó haber demostrado su preeminencia frente al líder comunista y reducido la Unión Soviética a la impotencia. En lugar suyo dio el banderazo de partida a la Guerra Fría y medio de siglo de confrontaciones bélicas en todas las latitudes del planeta.
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