Defensores del porte de armas y “de la Patria”: la ciencia los desmiente y advierte los riesgos

Mientras Abelardo de la Espriella propone legalizar el porte de armas en Colombia, décadas de investigación en psicología social documentan que la mera presencia de un arma activa pensamientos agresivos en el cerebro humano, y que los exámenes psicológicos actuales no pueden anticipar un quiebre emocional futuro.
Ciencia evidencia riesgos del porte de armas. / Foto: AFP.
Foto: Ciencia evidencia riesgos del porte de armas. / Foto: AFP.

El candidato presidencial Abelardo de la Espriella lo dijo en una entrevista con la Revista Semana en marzo de 2026: "El 99,9% de los crímenes que se cometen con armas se dan cuando las personas no tienen permisos". La senadora María Fernanda Cabal —quien no continuará en el Congreso a partir del 20 de julio— llevó años defendiendo la misma tesis desde su curul. "El porte legal de armas es poder ejercer nuestra legítima defensa. ¡Mi vida también vale!", escribió en X tras compartir un episodio de robo callejero en Bogotá. En otra ocasión sostuvo que "el 99% de los homicidios se producen con armas ilegales".

A esa posición se sumaron la entonces senadora del Centro Democrático, Paola Holguín, y el representante Miguel Polo Polo. Ninguno de los tres continuará en el Congreso a partir del 20 de julio (Cabal y Holguín decidieron no buscar la reelección en las legislativas de marzo; Polo Polo la buscó y no la logró). El argumento es siempre el mismo: armar al ciudadano honesto disuade al criminal.

La ciencia que estudia la relación entre armas y comportamiento humano lleva más de medio siglo produciendo datos que contradicen ese argumento.

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El efecto arma: cuando el objeto cambia al sujeto

En 1967, los psicólogos Leonard Berkowitz y Anthony LePage publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology un experimento que cambiaría el debate. Demostraron que la mera presencia de un arma sobre una mesa —sin que nadie la empuñara ni amenazara con ella— bastaba para aumentar el comportamiento agresivo de los participantes, especialmente en quienes ya estaban emocionalmente activados. A ese fenómeno lo llamaron el efecto arma, y en las décadas siguientes fue replicado en laboratorios de distintos países y contextos culturales.

Dos estudios del psicólogo Brad Bushman, publicados en 2016 con muestras representativas de adultos estadounidenses —sumando 1.097 participantes— demostraron que la presencia de un arma puede activar pensamientos agresivos en la memoria incluso cuando quien la porta es un "buen actor": soldado, policía o deportista olímpico. La accesibilidad de pensamientos agresivos fue consistente independientemente del contexto moral de quien sostenía el arma.

La implicación práctica es incómoda para el argumento pro-porte: el arma no solo protege a quien la carga. También lo transforma.

El quiebre emocional que ningún examen anticipa

El debate en Colombia sobre el porte legal siempre incluye una salvaguarda: que habrá exámenes psicológicos. La senadora Cabal señaló que las personas que quieran portar armas deberán cumplir requisitos, entre ellos exámenes psicotécnicos. De la Espriella planteó regulaciones estrictas con mecanismos de control sin especificar cuáles. El problema es que esa salvaguarda enfrenta un límite estructural que la ciencia documenta con claridad.

Una revisión publicada en 2015 por el psicólogo Robert Cramer en Professional Psychology, revista de la American Psychological Association, señaló que los instrumentos de evaluación de riesgo de violencia disponibles no fueron desarrollados ni validados en muestras de portadores civiles de armas, lo que plantea interrogantes sobre su capacidad predictiva en ese contexto específico. Un examen realizado en condiciones de estabilidad —que es la norma en los procesos de habilitación— no puede anticipar el estado mental de esa misma persona tres años después, en medio de una crisis de pareja, una pérdida económica o una humillación pública.

Un estudio de 2021 publicado en el Journal of Interpersonal Violence por las investigadoras Carolanne Vignola-Lévesque y Suzanne Léveillée, que analizó 67 perpetradores masculinos de violencia de pareja, identificó que el perfil más directamente vinculado al homicidio fue el de la "pareja homicida abandonada": hombres que habían experimentado una ruptura de relación, con historia de conductas autodestructivas, sin necesariamente un diagnóstico psiquiátrico previo. La separación, el duelo o la humillación funcionan como detonadores en personas que de otra manera nunca habrían ejercido violencia letal.

Colombia ya lo vivió

El argumento de Cabal incluye una referencia histórica: "Durante 23 años existió el porte legal de armas en Colombia", dijo, insinuando que no fue catastrófico. Lo que omite es el contexto de esos 23 años: Colombia fue durante buena parte de ese período el país con la tasa de homicidios más alta del mundo. Fue precisamente la restricción progresiva del porte civil, combinada con el proceso de paz con las FARC, la que contribuyó a bajar esa tasa de más de 80 homicidios por cada 100.000 habitantes en los años 90 a los niveles actuales.

Cuando un agresor tiene acceso directo a un arma de fuego, la probabilidad de homicidio de pareja aumenta por un factor de cinco frente a situaciones sin arma, según investigaciones revisadas por el Centro de Investigación de Violencia con Armas de la Universidad de Rutgers. La mera presencia de un arma en el hogar puede escalar conflictos y aumentar el miedo a la victimización entre los integrantes de la familia, incluso cuando el arma nunca es disparada.

El representante Oscar Benavides, elegido en la Circunscripción Especial Afrodescendiente, respondió directamente a De la Espriella cuando este usó un bolígrafo para ilustrar que cualquier objeto puede ser un arma:

 "En Colombia ya se probó: menos armas en las calles, menos muertos. Su argumento es retóricamente atractivo, pero conceptualmente débil".

La ciencia no resuelve el debate político. Pero sí establece algo que los defensores del porte libre raramente incorporan en su argumentario: el peligro no siempre viene del criminal. A veces viene de la misma persona que pasó el examen psicológico, tres años antes, en un día sin crisis.


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