Colombia: ¿la historia de un acto fallido?
Por Pablo César Guevara
Jefe de emisión de RTVC Noticias
La historia nacional muestra un patrón exasperante: no es la ausencia de talento, de recursos o de voluntad lo que frena el destino nacional, sino una suerte de magnetismo trágico que nos arrastra de vuelta al fondo justo cuando la orilla está muy cerca.
Y qué mejor que el fútbol para ofrecer una imagen dolorosamente precisa. Durante años, las selecciones nacionales han construido campañas extraordinarias que desembocan en finales que se deciden desde el punto penal o terminan en errores increíbles a tan solo un paso de la gloria.
Allí, cuando el éxito depende menos del talento que de la relación entre confianza, miedo y responsabilidad, aparecen fallas que exceden la técnica. No es que Colombia no sepa jugar; es que parece no saber terminar.
Una barrera invisible pero siempre presente impide llegar al clímax: al éxtasis liberador y catártico del triunfo.
Y los antecedentes históricos muestran que el penal fallado o la oportunidad desperdiciada frente al arco no es mala suerte estadística. La metáfora indica que el cuerpo colectivo tropieza consigo mismo en el umbral del paroxismo.
Haciendo una libre interpretación de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis y autor del término, no se trata de una ausencia de deseo. Por el contrario: el deseo existe, pero algo irrumpe en el último instante en una especie de autosabotaje perpetuo que desactiva el final esperado.
Pero en Colombia no solo ocurre en el balompié. En otros escenarios de disputa o conflicto se boicotea el logro de acuerdos para cerrar capítulos y poder finalmente avanzar hacia un futuro distinto.
Parecería que un tipo de pensamiento colectivo observa con desconfianza cualquier posibilidad de satisfacción histórica. Cuando la paz parece cercana, aparece la culpa. Cuando el triunfo parece posible, emerge el miedo. Cuando el cambio comienza, surge inmediatamente la necesidad de corregirlo.
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"El juego" de la política
Comencemos con una pregunta: ¿por qué nuestra sociedad parece especializarse tanto en aproximarse a una resolución histórica para, justo antes de alcanzarla, retirarse, dividirse, sabotearse o fallar?
Como si existiera una voz interior que susurrara constantemente: "No mereces ganar. No tan rápido. No completamente."
En 2016, tras décadas de guerra, Colombia estuvo más cerca que nunca de cerrar uno de los conflictos armados más largos del continente. No obstante, el plebiscito rechazó por un margen mínimo el acuerdo de paz. La sociedad parecía querer la paz y, simultáneamente, desconfiar de ella.
Y la economía tampoco ha podido escapar de ese sino trágico: es el caso de la eterna promesa de la industrialización y la diversificación productiva.
Colombia lleva un siglo diagnosticando su dependencia de las materias primas: el café primero, el petróleo y el carbón después.
Sin embargo, cada vez que un ciclo de bonanza ofrece el capital para transformar la estructura productiva, el dinero regresa a las rentas financieras, a las burbujas inmobiliarias o al eterno feudalismo en el que la propiedad de la tierra no puede democratizarse. El frustrado impulso del desarrollo da paso a la comodidad pasiva de la dependencia.
Las elecciones tampoco parecen escapar de ese bucle histórico: el país oscila compulsivamente entre impulsos opuestos.
Gobiernos progresistas o liberales con un mandato de cambio dan paso a agendas conservadoras con un deseo de "restauración".
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Placer insatisfecho ¿impulso destructivo?
Pero sigamos con las metáforas freudianas y esa permanente tensión entre esos impulsos opuestos en la colombianidad. Por un lado, el Eros que liga, construye y busca la unión placentera.
En frente, el Tánatos, la pulsión de muerte que empuja a la repetición, a la destrucción y, en última instancia, a la disolución de lo construido.
¿Y si esa tendencia a interrumpir o a no llegar a esos finales esperados o anhelados de una manera satisfactoria condujera a una pulsión violenta como resultado de la frustración producida por el deseo insatisfecho o incompleto?
Colombia tiene una relación centenaria con la muerte como lenguaje político: la violencia como forma de resolver lo que la palabra no resuelve, la guerra como estado casi natural con excepción de breves treguas, la repetición del conflicto armado generación tras generación aun cuando existía la posibilidad de cerrarlo.
Si Eros es lo que empuja hacia el acuerdo de paz, hacia el gol que consuma la victoria, hacia el proyecto político que se sostiene en el tiempo, Tánatos es la fuerza que —fiel a su naturaleza repetitiva y conservadora, que busca volver a un estado anterior— envía al país de regreso al conflicto justo cuando la reconciliación está al alcance.
Quizás el verdadero acto fallido de Colombia no sea el penal errado ni el plebiscito perdido, sino la incapacidad de imaginarse a sí misma después del clímax, viviendo simplemente en la paz consumada, sin la tensión de la guerra o la derrota que la ha definido por generaciones. El país sabe acercarse al deseo. Lo que no ha aprendido es a habitar lo que viene después.
¿Y cuál será el origen del problema? Tal vez sea tiempo de dejar atrás ese atavío puritano que asocia el placer con lo espurio y lo insano, y atreverse a atravesar el umbral donde reposa el deseo saciado o la necesidad satisfecha.
Pero las noticias indican que en los días por venir no ocurrirá, y seguiremos en la eterna promesa del después, en la que nos repetimos que quizá en los próximos torneos sí podamos salir campeones.
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